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Rebe & Traube

Historia del vino

Un profano a la exploración del vino 1

¿De dónde salen todos esos admirables entendidos y bebedores de vino? ¿Han pasado por escuelas especiales? ¿Hay algún programa de la Cámara de Industria y Comercio? Yo, desde luego, me voy acercando al riesling, al rioja y al pinot gris con bastante esfuerzo y lentitud.

2 min de lectura

Un entendido en vinos

por William Powell

Vivo en una paradoja constante: ¡me gusta el vino y no tengo ni idea de él! Bueno, poca, al menos. Sé lo que me gusta y, según Thomas Hensel (el viticultor en quien más confío), eso ya es tener la mitad del camino recorrido.

Al principio, solo el infierno estaba abierto

Lo malo es que mi socialización vinícola… si es que puedo llamarla así… empezó con un brebaje de lo más infame —y, de alguna manera, entonces también me gustaba—, así que parece que mi gusto no anda demasiado fino. En mi defensa, debo alegar que, en lo que al vino respecta, tuve el peor comienzo imaginable: mi padre era estadounidense y, hasta su muerte, consideró el Liebfrauenmilch en tetrabrik de dos litros como néctar y ambrosía.

Mi madre también tiene dos hándicaps nada desdeñables: pertenece todavía a la generación que vivió la guerra y se crio en la RDA. «Es que no teníamos nada» fue y sigue siendo toda una máxima, hasta el punto de que conformarse con poco forma parte de su naturaleza. Para mi madre, todo lo que se vende en una botella Bocksbeutel es «buen vino»; a veces, por lo visto, compra auténticas joyas; otras… ¡pues no!

Sin idea en tierra de viñedos

Por desgracia, tampoco sirvió de nada que creciera en una auténtica zona vitivinícola: lo único que asocio con el viejo viñedo de nuestro pueblo son los descensos temerarios en trineo que hacíamos de niños por sus laderas invernales para demostrar nuestro valor. Así pues, al principio el vino no me decía gran cosa y mis primeros contactos con el alcohol llegaron en forma de enormes jarras con forma de bota que el dueño del bar del club llenaba de cerveza con limonada después de las victorias en casa de nuestro equipo infantil de balonmano. No tengo ni idea de si hoy seguiría pasando algo así; a principios de los ochenta, la mayoría de los adultos de nuestro entorno todavía no veían mayor problema en emborrachar a chavales de catorce años.

Bella Italia

Aun así, no me rendí y después seguí dedicándome al fruto de la vid… ¿o debería decir producto vinícola? En cualquier caso, bueno no era, porque, como les ocurrió a muchos jóvenes —y a estas alturas he conseguido arrancarles esta confesión a unas cuantas personas—, el primer vino del que dije de todo corazón «¡Este me gusta!» fue un lambrusco barato de una botella de litro y medio. Estaba completamente fascinado con mi descubrimiento y le espeté a mi madre que no entendía absolutamente nada de vino.

«Estos italianos —pensaba mientras aquel espumoso de mala muerte probablemente le hacía estragos a mi cuerpo— sí que saben vivir». En ningún momento atribuí el intenso dolor de cabeza y el ligero mareo del día siguiente a aquella porquería, que realmente tenía muy poco en común con un buen vino, y me sentía —al fin y al cabo, tenía dieciséis años— increíblemente adulto y hombre de mundo.

Pero también superé aquella fase y descubrí… No, esa revelación me la guardo para la continuación.

Por cierto, actualmente mi vino favorito se llama Riesling Steinberg trocken, de la colección Aufwind de la bodega Hensel… pero, como ahora estoy probando muchas cosas, eso puede cambiar rápidamente.

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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