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Rebe & Traube

Historia del vino

Un aficionado explorando el vino 14

Anteayer volví a ver El padrino; no al mío, sino la película con Marlon Brando y Al Pacino.  Aquello fue el broche final de un pequeño ejercicio de autoobservación que había llevado a cabo.

3 min de lectura

Hombre viendo la televisión

por William Powell

Resulta que esta película es la que mayor efecto culinario y enológico tiene sobre mí. Cada vez que la veo, tengo que beber Chianti y comer canelones. 

¡Cada vez! Y ni siquiera hace falta que sea un buen vino o una pasta de calidad. Puede pasar que empiece a ver la película y, a los 10 minutos como mucho —si las tiendas tienen la amabilidad de seguir abiertas—, salga disparado y me lance como un loco a la estantería de los vinos. Da completamente igual qué vinazo de mala muerte sea, con tal de que alguien haya tenido la amabilidad de colocar la palabra Chianti en algún rincón de la etiqueta.

Dos jarras de café para el chocolate

Y esta, al menos, es una película con la que todavía me doy cuenta. ¿Quién sabe todo lo que me meto entre pecho y espalda cuando me quedo sentado ante la tele, como un zombi, sin hacer más que consumir? Así que tocaba un poquito de introspección y, mira por dónde: no estoy taaaan mal. O sea, no siempre. Con Chocolat cayeron unas buenas dos jarras de café... ni idea de por qué. Además, no me di cuenta hasta la una y media de la madrugada, cuando el corazón me iba como un mal ritmo de techno de los noventa. 

Pero, como de todas formas ya estaba despierto, decidí ir a lo grande y me puse Alien. Una idea buenísima, de verdad. En plena noche y con un subidón de café. ¡Pues no! Aun así, conseguí soltar solo unos pocos chilliditos y no gritar en absoluto. 

Una mantita atada a los barrotes

A cambio, me liquidé una bolsa de palomitas saladas de microondas, lo que quedaba de las gominolas ácidas con forma de patatas fritas y media botella de Cabernet Sauvignon sudafricano. De esos vinos densísimos y de un rojo profundo que te dejan una alfombra pegada a la lengua incluso horas después. Según la mejor esposa del mundo, pasé las míseras horas que quedaban de noche roncando de una forma tan ensordecedora que nuestro pequeño no se cayó de la cama solo porque se había encadenado a los barrotes con su mantita. Supuestamente.

Al día siguiente vi Antes del amanecer. Mi mujer se derretía y suspiraba de vez en cuando; a mí me pareció bastante agradable. Sin embargo, solo después me di cuenta de que aquella cinta tenía que haberla ideado algún bodeguero diabólico disfrazado. 

Espárragos verdes y zumo de manzana con agua con gas

La película no solo transmite la misma sensación que un blanco ligero en una tarde de verano, sino que también te induce a beber precisamente eso. Antes de que pudiera darme cuenta, nos habíamos ventilado dos botellas y media de Grüner Veltliner de Thorsten Melsheimer. Así, como quien no quiere la cosa.

Y, para terminar, El padrino. Después de casi dos litros de vino blanco y de haber disfrutado antes de un risotto con espárragos verdes extraordinariamente rico. Uno pensaría que un centroeuropeo con un mínimo de sentido común sería capaz de contenerse y beber agua. O zumo de manzana con agua con gas. Naturalmente, sucumbí a las criminales tentaciones sicilianas de don Corleone. 

Blanco semidulce para las chicas

La pizzería Da Franco se alegró de mi pedido nocturno de pasta y mi suegro tiene ahora un Chianti Classico Volpaia 2013 menos. Y, aun así —aunque vaya a pasar las próximas dos semanas sin películas y con muchísima agua—, en conjunto no estoy descontento conmigo mismo. 

Eso sí, se debe a algo que me ocurrió ayer. En el Penny había dos chicas delante de mí en la caja, hablando de las ganas que tenían de disfrutar de su noche de chicas. Cuando eché una mirada disimulada a los productos que habían colocado en la cinta, me entró un ligero mareo. Allí había dos tetrabriks con una inscripción de lo más simple: ¡Vino blanco! ¡Semidulce! También es una opción.

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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