Historia del vino
Un aficionado a la exploración del vino 15
Sí, sí: sobre gustos no hay nada escrito. Y lo que a uno le parece delicioso, a otros les provoca arcadas. Todo eso lo tengo claro. Pero hay cosas que no me entran en la cabeza, en el sentido más literal.
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por William Powell
Ni siquiera me refiero a los espárragos: esa cosa de aspecto mortecino, cargada de connotaciones fálicas y totalmente sobrevalorada a la que llevan décadas dando bombo, como si el mismísimo Espíritu Santo asomara sus dedos cadavéricos por la tierra al comienzo de cada maldito verano.
Solo el olor de los espárragos cociéndose me hace salir huyendo de cualquier cocina, por acogedora que sea. Lo que me parece mucho peor es que no logro resignarme. Azuzado año tras año por la mejor de las esposas, primavera tras primavera —aun sabiendo lo que me espera y contra toda lógica— le doy un mordisco a esa cosa espantosa para luego lanzarme entre arcadas hacia el cubo de la basura, mientras mi desalmada mujer se ríe por lo bajo. Por lo visto, no puedo aceptar que no me gusten.
Miel y queso semiduro
Al principio siempre me limito a observarla, sentada ahí, deleitándose y acompañando cada bocado con un placentero «Mmm». Entonces se me cruza algún cable y, obsesionado con la certeza de que algo tendrá, de que esta vez sí saborearé lo delicioso que está todo... me ahorro el resto.
Conozco a gente que le echa miel al queso semiduro. Solo pensarlo me echa para atrás. Así que ¿qué hago? Lo pruebo y compruebo que me parece horrible. ¡Cada vez! Llegados a este punto, preferiría no tener que responder a preguntas sobre por qué necesito probarlo más de una vez. En cuanto haya establecido un contacto más estrecho con las zonas correspondientes de mi cerebro enfermo, volveré a dar señales de vida.
¿Portugieser y rosado?
Probablemente sea, sencillamente, que no me fío de mí mismo. ¿Cómo explicar, si no, que necesitara 13 (!) intentos para poder admitir de una vez por todas que aquel inefable rosado semidulce de Portugieser no me gustaba en absoluto? Y no es que obtuviera un resultado distinto con cada nuevo intento.
Era más bien la pregunta de mi mejor amigo, que por entonces estaba perdidamente enamorado del rosado semidulce, lo que me hacía seguir. Era, a todas luces, un amor apasionado entre él y aquel brebaje, y lo llevaba a querer arrojarme también a los brazos de esa espantosa sirena. «No, ¿en serio?», exclamaba con asombro incrédulo cuando reconocía mi expresión, ya tras el primer sorbo cauteloso.
El asco también se refleja en la cara
Describir mi elocuente expresión facial como «asco» sería, probablemente, un ligero eufemismo. Para ser del todo justo, supongo que también debo contar que nosotros dos formamos una pareja muy particular. Nunca hemos llevado bien un juicio negativo del otro. Al menos no en las cosas que nos importan. Él nunca lo ha admitido, pero estoy casi seguro de que dejó a una de sus novias por mi culpa.
La chica y yo no nos soportábamos, y aunque él seguramente la quería de verdad, no podía lidiar con mi rechazo hacia ella. A cambio, yo nunca podía creerme que a él no le fueran en absoluto los productos recreativos con THC. Si consumía esas sustancias, se dormía o le entraban unas náuseas terribles. O ambas cosas.

Jamón y zapatillas de correr
Pero yo estaba convencido de que simplemente aún no había encontrado la mezcla adecuada para él, y lo «obligaba» una y otra vez a entregarse a los placeres afganos. Hasta que, con una tremenda vomitona, me dejó mi considerable colección de discos hecha tal desastre que desde entonces abandoné esa afición. Por supuesto, tuve que limpiar yo solo aquella porquería, porque él, tras murmurar un «Oh... perdona, tío», se había desplomado y quedado dormido.
Ahora disfruta mucho bebiendo los estupendos vinos de la familia Weinmann, y yo prefiero gastarme el dinero en jamón serrano y zapatillas de correr antes que en sustancias que expanden la conciencia.
Y, aun así, sigue sin sentarnos bien vivir juntos experiencias culinarias extremas... ni siquiera oír hablar de ellas. Hace poco vimos juntos una película en la que un villano demente cenaba con un elegantísimo espía de modales caballerosos.
En serio
Los dos disfrutaban de un Chateau LaFite de 1945 con una hamburguesa con queso y un Bic Mac. Y mientras tanto comentaban que también había que probar sin falta un Chateau D’Yquem de 1973 con Twinkies.
Mientras mi amigo todavía murmuraba «Guau», a mí se me escapó un «¡Puaj!», y supe que había cometido un error. A más tardar, cuando soltó su famoso «No, ¿en serio?». Esto va a ser interesante.
Die Weinpost


