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Rebe & Traube

Historia del vino

Un profano explora el mundo del vino 16

Y otra vez un plan se va al diablo. Y otra vez no estoy seguro de si la culpa fue mía o del plan. ¿O será como lleva años susurrándome mi hermano a escondidas: «Dios te odia...»? Vete tú a saber.

3 min de lectura

¿Cerveza o vino?

por William Powell

Y eso que era un buen plan... bueno, en esencia. Había estado pensando un poco en toda la historia que la humanidad y el vino llevan ya compartida... ¿Los presentarían en su día? «Humanidad: vino; vino: humanidad.

Llevaos bien, si podéis. Dios, corto»... En fin, lo que está claro es que durante mucho tiempo el vino fue más bien la bebida de la nobleza y del sector adinerado de la humanidad. Para la plebe había cerveza, o al menos algo que se llamaba cerveza. Incluso la Ley de Pureza de la cerveza, con sus 500 años, es relativamente reciente, y el brebaje que se elaboraba antes tenía tanto que ver con una pils recién tirada como el número 17 en versión picante con la auténtica cocina cantonesa. Pero el vino del año de la pera era bastante bebible, si hemos de creer a los historiadores.

Maestros cerveceros aficionados

Los griegos quizá se pasaran un poco con la resina y los egipcios le echaran miel, pero seguro que a cualquiera se le ocurren unas cuantas docenas de pecados vinícolas actuales capaces de competir con aquello.

¿Eran entonces los maestros cerveceros de antaño unos aficionados increíbles, mientras que debemos considerar a los viticultores artistas tocados por el genio? Más bien no. Probablemente ya entonces la demanda determinaba el producto.

Lo que la mayoría de los consumidores le pedía a la cerveza era que quitara la sed más o menos y que pegara fuerte. Era un producto de masas que, además, no debía costar demasiado fabricar.

Un copero propio

Con el vino la cosa era muy distinta: había un grupo pequeño y muy especializado que conocía sus exigencias, las formulaba y también las hacía cumplir: ¡los coperos! Probablemente la mayoría de los nobles, reyes o superricos no se diferenciaban demasiado del resto de la masa ignorante cuando se trataba de vinos exquisitos: no tenían ni idea.

Pero podían pagar a alguien que sí la tuviera. Y, por lo que se sabe, los coperos y los catadores de comida no ganaban mal. Vale, estaba ese pequeño detalle de acabar envenenado en lugar del gran visir, pero algo es algo.

Muchos coperos ascendieron a altos cargos y, a partir de la Edad Media, está documentado como título hereditario. 
Ese era precisamente el eje de mi plan: intentaría conseguirme un copero propio.

Que averiguara él por mí qué vino me gusta. ¿Soy más de vino blanco o debería quedarme con los tintos (como se le ocurra proponerme un rosado de Portugieser, se va a armar)? ¿En qué franja de precios del vino me siento a gusto y por qué siguen dejando que Nicolas Cage haga películas?

Cerveza de Bohemia para mí

Así que tenía un sinfín de preguntas para el copero, cuyas respuestas me ayudarían a salir un poquito más de esos territorios tan familiares de la ignorancia. Quiso la casualidad (¿o fue la previsión?) que justo se celebrara en nuestra zona una fiesta medieval en la que también se podía participar en un «auténtico festín medieval».

Ni que decir tiene que no iba a perderme semejante delicia histórica/culinaria/enológica. Y no me decepcionó, al menos no de inmediato, porque por allí correteaba de verdad un copero que, además, servía una cerveza bastante decente. Era una cerveza de Bohemia, oscura y fácil de beber, quizá un pelín demasiado dulce, pero algo es algo.

Al final hay vino tinto

Entonces le pedí al lacayo un vino tinto, y lo que me sirvió me hizo saltar las lágrimas de indignación... quizá también fuera el asco, mezclado con rabia y ganas de escupirle aquel mejunje a la cara... en cualquier caso, no fue agradable. Por supuesto, le pedí explicaciones al especialista y, tras unos cuantos rodeos, confesó que de vino no tenía realmente ni idea y que, de todos modos, prefería con mucho beber cerveza.

Sin hacer caso de mi expresión de absoluto desconcierto y cara de tonto, sonrió un poco avergonzado y dijo encogiéndose de hombros: «¡Ni siquiera sé si sería capaz de distinguir bien el vino de la sidra!». Estaba a punto de pegarle a aquel sinvergüenza farsante cuando mi hija intervino en la conversación entre expertos: «¡Eso lo sé yo: la sidra es vino con zumo de manzana!». ¿Qué puedes decir ante eso? 

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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