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Rebe & Traube

Historia del vino

Un profano a la exploración del vino 17

2 min de lectura

Beber vino tinto mientras se navega por internet

Un profano a la exploración del vino

por William Powell

Internet debe de estar embrujado. O ser obra del diablo o algo así. Convierte a personas normalmente dotadas de sentido común en zombis crédulos sin voluntad propia. No tengo ningún problema con que una dependienta de carnicería de talento más bien escaso me dé la tabarra con sus opiniones sobre las propiedades curativas de las semillas de chía. O con que John, de Uganda, me escriba para que me quede con sus 50 millones de dólares. Puede que me haga perder algo de tiempo, pero todavía no es grave. 

Ni siquiera lo es cuando la gente afirma que existen los Illuminati o que las plataformas de citas son de lo más romántico.

La cosa se pone fea cuando entran en juego los expertos de internet. Chicas que han descubierto cómo manejar una cámara y ahora creen en serio que pueden dar consejos de pareja o explicar la política mundial. Chavales de pocas luces que hacen unboxings convencidos de que sus conocimientos de estilo podrían hacernos felices a todos. Le puse a una maquilladora profesional un vídeo de una estrella de YouTube de 15 años que enseñaba al mundo a conseguir unos ojos ahumados mucho más bonitos de lo habitual. A los 40 segundos, la pobre mujer estalló en unas carcajadas tan histéricas que empecé a preocuparme por su salud. A los cuatro minutos paré el vídeo sin más, porque para entonces ya se revolcaba por el suelo de la risa y ni siquiera lo estaba mirando. 

Cuento esto por mi propio interés, y por el mismo motivo voy a postular aquí la siguiente «verdad»: ¡los expertos de internet no saben una mierda! Lo sé porque, en cierto modo, soy un experto de internet en expertos de internet. Al menos en uno: yo mismo. Quien haya seguido esta pequeña columna mía (y ni siquiera hace falta que haya prestado mucha atención) sabrá que me cuesta distinguir un rosado de un tinto muy claro. La palabra «Öchsle» me provoca una risita tonta cada vez que la oigo, y al escuchar «tanino» lo primero que me viene a la cabeza son capitales europeas que empiezan por T, más que «proantocianidinas condensadas» (tranquilos: eso, naturalmente, lo he buscado en Google). 

Todo esto debería estar bastante claro y, aun así, ya van dos conocidos que me han pedido que les recomiende un vino. ¡A mí! Al principio pensé que era una buena broma, pero no: lo decían en serio. Cuando les pregunté si habían leído la columna siquiera una vez, me salieron con cosas como: «Sí, claro, pero todo eso es puro teatro, ¿no?». Y entonces se apoderó de mí una especie de fiebre maligna de experto de internet y compartí mis vastos conocimientos. Entre los blancos recomendé Katzenberger Nacktarsch, Wetterauer Gerümpel y un Imbécile total de Galmont (pero tenía que ser, sin falta, el de 2013: todos los más jóvenes tienen sabor a corcho... incluso los de tapón de rosca). 

Como todo el mundo sabe que los tintos alemanes son sencillamente imbebibles, recurrí a los franceses, españoles e italianos y recomendé a mis buenos amigos, por ejemplo, un Pisser du Sang de 2010. Seguido de un Sangre en las heces y, por supuesto, del famoso Ventosa rosso de Frascati. ¿Y qué ocurre? Me encuentro con rostros agradecidos y radiantes de reverencia. Seguro que ahora se están volviendo locos buscándolos y espero que no recurran demasiado pronto al traductor de Google. 

De lo contrario, se enfadarán bastante, y con la misma rapidez, como mínimo. No tengo muy claro si debería tener remordimientos. 

Quizá se lo pregunte a un experto de internet.

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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