Historia del vino
Un profano a la exploración del vino 18
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Un profano a la exploración del vino
por William Powell
Beber vino tiene sus trampas. Hace poco tuve que aprenderlo de nuevo. Y ni siquiera me refiero a las habituales trampas de mi propia ignorancia, en las que caigo con admirable regularidad cuando me da por hacerme el experto.
Por ejemplo, el otro día mi suegro recibió la visita de un antiguo compañero de universidad y los dos estaban sentados en la terraza, saboreando un tinto que había traído el invitado. Pero yo no lo sabía cuando me uní a ellos y oí a mi suegro murmurar: «Hmmm... delicada mora en el final». ¿Y qué hago yo? Preguntar: «Ah, ¿os gusta el vino de frutas?».
Doppelbock o cerveza de trigo
Huelga decir que fui persona non grata durante el resto del día.
No: las últimas trampas tienen que ver con el acto de beber en sí. O, mejor dicho, con beber en compañía bajo el influjo del fútbol. Mi vecino tiene una pantalla grande y un proyector estupendo. No es de extrañar que aceptara encantado su invitación para ver la Eurocopa en grupo. Pero también tiene unos gustos raros en materia de cerveza, así que en su casa servían Doppelbock, Kristallweizen o Guinness.
Las tres me parecen espantosas, de modo que me llevé una botellita de Chianti que mi mujer había traído a casa de una escapada con las amigas a la Toscana. Al fin y al cabo, eran los cuartos de final entre Alemania e Italia, así que el tinto venía bastante a cuento.
Una copa llena de tinto
Además, estaba rico, aunque los invitados cerveceros me regalaran un desconcertado meneo de cabeza. Aun así, mantuvimos una coexistencia pacífica y disfrutamos juntos del partido... hasta el minuto 65. Entonces Mesut Özil marcó un magnífico gol que puso el 1-0 en el marcador y, por supuesto, todos levantamos los brazos entusiasmados. Mi vecino, con una botella de cerveza; yo, con una copa llena de tinto.
Me alegro de verdad de que estuviéramos viendo el partido fuera y de que la mayoría de las manchas «solo» acabaran en camisetas viejas y réplicas baratas de la equipación de Alemania. Pero ya no me dejaron celebrar con tanta euforia hasta el final del tiempo añadido. Desde entonces me pregunto cómo lo hacen las naciones tan conocidas por su consumo de vino. ¿Los franceses no beben tinto cuando ven el fútbol? ¿Los italianos no celebran los goles? ¿Los españoles siempre ven los partidos desnudos y en habitaciones alicatadas hasta la altura de una persona?
Penaltis para el Chianti
¿O todos se toman entonces una elegante copita de Frascati? Preguntas y más preguntas que, casi inevitablemente, me hicieron imaginar escenas de lo más estrafalarias. Veía bolsitas de té volando mientras los galeses animaban a su equipo ante una tetera de Earl Grey. Me imaginaba a Zlatan y compañía brindando con un barrilito de aceite de hígado de bacalao y aceite de pescado, y me preguntaba si la sangre con la que probablemente celebran los islandeses todavía estaría a temperatura corporal.
Pero todos estos pensamientos demuestran claramente que tengo que volver a Italia, España y Francia, a ser posible en 2018, para el Mundial. Y entonces recibiré clases de refuerzo para celebrar con vino tinto, y así dejaré de meter la pata (al menos, no demasiado). Al fin y al cabo, para la tanda de penaltis encontré una solución bastante aceptable: me bebí el Chianti directamente de la botella. ¡Funcionó bastante bien!

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