Historia del vino
Un profano a la exploración del vino 19
¿Quién dijo que el invierno era tan mágico? Probablemente alguien que se aburría soberanamente desde finales de enero y acababa de empinarse el licor de huevo que había sobrado de Navidad, antes de que aquello se echara a perder del todo.
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por William Powell
El verano es la estación de la verdadera magia. Esa que tiene lugar en la cabeza y en el corazón. Esa que crea recuerdos y los arrastra de nuevo a la luz.
Chianti o gasóleo de calefacción, da igual
Hoy he ido a repostar y he tenido que constatar, una vez más, que para mí el olor a gasolina en un caluroso día de verano seguramente estará ligado para siempre a la idea del vino tinto.
Puede que haya unas cuantas personas que siempre hayan tenido tal opinión de mi criterio en materia de vinos que crean que, después de unas copas de Chianti, podrían darme a beber gasóleo de calefacción sin ningún riesgo, porque de todos modos no notaría la diferencia. No quiero precipitarme y gritar «calumnia»... y, si lo hago, tampoco demasiado alto... pero, por una vez, no tiene nada que ver con eso.
La vida en la Ford Transit
Esta combinación —a primera vista algo desagradable— tiene que ver con los recuerdos olfativos de mis primeras vacaciones «de verdad». Con «de verdad» quiero decir que era la primera vez que me iba solo. Y con «solo» quiero decir que ni estaba bajo la exasperante supervisión de mi madre ni tenía a mi alrededor a mis hermanos, todavía mucho más exasperantes. Por lo demás, «solo» significaba que viajábamos diez en una Ford Transit.
A Italia, de «vacaciones culturales». Toda la planificación ya había sido estresante y emocionante, pero cuando por fin nos pusimos en marcha —un domingo a las 07:00 de la mañana— estaba tan exaltado que muchas impresiones de aquel día quedaron grabadas de forma imborrable en mi memoria. Una de las primeras es la de nosotros holgazaneando en una gasolinera muy adormilada a las afueras de Aschaffenburg, con el calor del día que ya empezaba a notarse y el olor a gasolina que nos subía por la nariz. Gasolina para la furgoneta de nuestras vacaciones. Gasolina que iba a llevarnos a Italia sin nuestros padres. Gasolina que pagábamos con nuestro propio dinero. Apestaba terriblemente y olía de maravilla.
Bajo hipnosis
Y aquel ánimo se mantuvo —a pesar de las interminables horas en aquella vieja tartana— hasta que, ya muy entrada la noche, paramos en un camping a las afueras de Verona. Hacía un calor de locos, había polvo por todas partes y el aire olía completamente distinto que en casa. Estábamos rodeados de montones de jóvenes que, seguramente igual que nosotros, viajaban en busca del sol y de sus anhelos. Por supuesto, no tardamos en tener en las manos las primeras botellas de vino que nos dieron unos borrachos completamente desconocidos y, aunque probablemente ni bajo hipnosis podría decir qué vino (o cuántas variedades distintas) me bajó por la reseca garganta aquella noche, estaba delicioso.
Y, por lo visto, aquel sabor también quedó guardado en el mismo disco duro interno en el que el olor a gasolina ya estaba archivado como algo increíblemente genial y estupendo.
Que no haya malentendidos: el viaje en sí fue muy, muy estrambótico. Las tiendas de campaña no eran impermeables y aquel año Siena vivió su verano más lluvioso en mucho tiempo. Cerca de Pisa me caí sobre un erizo de mar y tuve que pasar la noche en el hospital.
Salida del armario en Bolzano
Se nos averió la furgoneta y un mecánico con mucho ojo para los negocios nos «atracó» literalmente en Follonica. Dos de mis compañeros de viaje descubrieron el Campari Soda como bebida ideal para el desayuno y, pasado San Gimignano, llenaron de vómito nuestro vehículo hasta tal punto que el viaje de vuelta fue un infierno (aunque los habíamos obligado a fregar absolutamente todo en la Transit). En Elba, Sabine se enamoró perdidamente de un portero de discoteca de lo más grasiento y apenas había quien la aguantara, y Olli vivió una salida del armario muy decepcionante en Bolzano, porque ninguno de nosotros se sorprendió lo más mínimo.
Y, aun así, aquel verano estuvo lleno de momentos mágicos, y el sabor y el olor del vino tinto tuvieron algo que ver en ello. Creo que mi viaje personal por el mundo del vino y la búsqueda de mis propios gustos vinícolas también quedaron marcados por aquel verano. Si no, ¿por qué no iba a entregarme sin más a la cerveza, en lugar de cultivar esta complicada relación de amor y odio con el vino? ¿Solo porque sabe bien? ¡Bah, desde luego que no!

Die Weinpost


