Historia del vino
Un profano a la exploración del vino 2
El vino blanco ya era, de por sí, un asunto algo complicado cuando era adolescente. Era algo que bebían los padres (véase la entrega número 1) y que, por lo general, sabía raro.
3 min de lectura

por William Powell
Ahora tengo la teoría de que los muchos matices que puede tener un vino sencillamente desbordan las papilas gustativas adolescentes, pero eso tampoco le servía de mucho a mi yo de 17 años. Además, el vino blanco no era algo que te enseñaran en las películas, al menos no en las aceptables, esas en las que había buenos mamporros, se blandían espadas o aparecían pechos desnudos por la pantalla (casi siempre sin motivo aparente). En esas películas se bebía vino tinto, o se dejaba correr sobre los pechos mencionados, pero desde luego no un refinado vino blanco.
El temible burlón y Sandokán
El temible burlón no pedía un riesling, Sandokán no se deleitaba con un chardonnay y, de haberlo hecho, probablemente todos lo habrían tomado por un blandengue. Por supuesto, eso dice muy poco a favor de mi juventud marcada por los prejuicios… y demuestra que los blandengues siempre han tenido más estilo que yo… pero el vino blanco simplemente no era una opción aceptable a los 17 años en la región bávara del Bajo Meno. El tinto era lo que bebía un hombre de mundo… ¡y el brandy! Pero nunca he tolerado las bebidas con una graduación alcohólica superior al 20%. El mero olor del tequila todavía hoy me revuelve el estómago, y el whisky me da dolor de cabeza con solo mirarlo.
SchwippSchwapp y mi hermano
Al final, el tipo que llevo dentro no era ni es tan duro y, como aún tendrían que pasar unos añitos hasta que tuviera la suficiente confianza en mí mismo para beber Almdudler y SchwippSchwapp en público, tenía que recurrir al tinto si quería destacar un poco y no beber cerveza como todos los demás. Así que nos pusimos en marcha —mi hermano, nuestro vecino y yo— para encontrar el vino adecuado para posibles sesiones de vídeo (con buenos mamporros, por supuesto) y las más bien escasas citas a solas con supuestas bellezas del pueblo (también aquí ayudaban unas cuantas copas).
Le Patron: una mirada atrás que da vergüenza
La falta de experiencia, la falta de gusto y, sobre todo, la falta de recursos pecuniarios acabaron llevándonos hasta un gran maestro del brebaje asqueroso parecido al vino tinto: ¡el jefe en persona, Le Patron! Esa mirada atrás, un tanto bochornosa, se parece ahora un poco a esos momentos que seguramente todos conocemos: por algún motivo tienes un buen día, te sientes ligero y animado y te encuentras con la persona que te gusta en ese momento (maravillosa y adorable).
Seguimos fieles al Patron
Pero, oye, es tu día, así que te acercas sigilosamente, sueltas unas cuantas ocurrencias y te sientes fantástico… hasta que ves tu reflejo en el escaparate y te cuelgan los mocos de la nariz/te falta una ceja/tienes restos de comida del tamaño de Rusia entre los dientes o cualquier otra porquería que te manda a la cuneta antes de que puedas murmurar «qué metedura de pata». Y, aun así, seguimos fieles al Patron, creímos en el encanto sin pretensiones de un vino de mesa «decente pero barato» y durante casi dos años ignoramos que aquel purín avinagrado probablemente nos estaba costando más trozos de hígado que todos los analgésicos juntos que nos metimos en ese tiempo.
Ley Fundamental y Convención de Ginebra
Sorprendentemente, Le Patron sigue a la venta hoy en día y no parece haber caído víctima del artículo 1 de la Ley Fundamental alemana ni de los Convenios de Ginebra. Sin embargo, hoy ya no es para mí, porque mi educación no había terminado con el vino de gasolinera, gracias a Dios. Por cierto, mis siguientes grandes descubrimientos enológicos los hice en el extranjero… pero esa es otra historia.
Por cierto, ahora me tiene cautivado el merlot de 2013 de la bodega Weinmann. Aunque ellos lo clasifican como vino de diario. Para mí es algo especial.

Die Weinpost


