Historia del vino
Un profano a la descubierta del vino 20
¿Por qué hago esto una y otra vez? ¿Por qué me dejo convencer para ir a restaurantes que se creen por encima de cierto nivel... principalmente del mío?
2 min de lectura

por William Powell
Por muchos años que cumpla y por muchas experiencias que acumule, en estos antros no consigo quitarme la sensación de estar haciéndolo todo mal constantemente. Hasta respirar. Por muy buena que sea la comida, en estos sitios sencillamente no me relajo.
El miedo de perros y caballos
Por cierto, creo que los camareros de allí lo huelen. Como los perros o los caballos, que supuestamente huelen el miedo. Y entonces se acercan. Con una sonrisa tan amable como la de un tiburón cínico y la maldita carta de vinos en la mano. Naturalmente, la sonrisa se ensancha un poco más mientras me entregan ese engendro diabólico y asienten a mi mujer con amabilidad (y complicidad). Los más malvados se quedan allí mirando cómo tus ojos tropiezan, indefensos, con la jerigonza vinícola que esos cabrones te han puesto delante. Se quedan ahí plantados, detrás de ti, a la derecha, sin mover un músculo de la cara. Solo esperan... y disfrutan del sudor de angustia que te brota en la frente, te corre por la nuca y te empaña las gafas.
El sumiller se acerca
Un amigo me había dicho que el error estaba en ceder la iniciativa. Según su teoría, había que demostrarle al tipo que uno tenía la situación bajo control. Lo mejor era devolverle la pelota. Ah, sí, un truco estupendo... Acabo de probarlo preguntándole al camarero qué vino me recomendaría para acompañar los raviolis caseros con boletus y cordero.
El miserable sirviente hizo una breve reverencia, desapareció y me mandó al sumiller. Son especialistas en tortura criados expresamente en oscuras bodegas de la Provenza. Naturalmente, aquel individuo solo necesitó 14 segundos para darse cuenta (o quizá para oler) de que mis conocimientos sobre vino se acercaban vertiginosamente al cero... y desde abajo.
Así que me soltó un discurso sobre lo perfectamente que armonizaría la acidez ligeramente espumosa del nosequé de 2011 con las proteínas de la carne de cordero, tan ricas en hierro... Llegado a ese punto, ya ni siquiera me atrevía a mirar a mi amada esposa a la cara y me limitaba a asentir con magnanimidad. Al menos esperaba que pareciese magnánimo y no demasiado parecido a las sacudidas de la cabeza de una gallina. Porque así era como me sentía.
El vino raspa la garganta
¿Y qué hace el tipo? Trae la botella, la descorcha y me sirve un charquito para que lo pruebe. Aun sabiendo que en ese momento también podría echarme en la copa sangre de cerdo diluida con agua salobre y yo no me resistiría. Pero, gracias a Dios, en aquel instante mi mujer acudió por fin en mi ayuda. «Pero, por favor, maestro», dijo con voz melosa. «¡Nos ponemos enteramente en sus manos!» Y entonces se hizo llenar una copa, la hizo girar brevemente, la levantó con elegancia para brindar conmigo y con el torturador vinícola y se la bebió de un trago. Ignorando por completo la expresión horrorizada y ligeramente asqueada del camarero, dejó finalmente la copa y se limitó a decir: «Sí, muy agradable... aunque raspa un poco la garganta.
¡Y ahora tengo un hambre atroz!» Lo juro por Dios... La próxima vez también me atreveré. Quizá en un establecimiento algo más económico... y con 14 vinos ya en el cuerpo, ¡pero entonces seguro que sí!

Die Weinpost


