Historia del vino
Un profano explorando el vino 23
Cuanto mayor se hace uno, más tiene que reconocer que eso de la singularidad adolescente no da para tanto en muchos aspectos... salvo, claro está, que uno sea Jose Mourinho: en ese caso, cada año sabe un poquito mejor lo especial que es.
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por William Powell
Yo, desde luego, he descubierto que soy bastante del montón en muchas cosas. La mayoría de las cosas que descubro como «novedades de ultimísima hora» irrumpen casi siempre en ese mismo instante en la vida de muchísima gente, y a estas alturas eso ya apenas me molesta. A los 14 años habría sido motivo suficiente para no volver a dignarme siquiera a mirar la novedad en cuestión, pero ahora me gustan los Amazon, Netflix y Facebook de este mundo, por increíblemente convencionales que sean. Me gusta la hamburguesa al punto, el rock ni demasiado duro ni demasiado suave, y por fin puedo admitir que los vinos blancos demasiado secos hacen que se me retuerzan violentamente las uñas de los pies.
El invierno y el vino favorito
Además, me gusta más el verano que el invierno. ¡Lo siento, #esloquehay! La única peculiaridad que me eleva por encima de la indolente masa de adoradores del sol es que también sé disfrutar de períodos prolongados con temperaturas superiores a los 30 °C. Pero, por lo demás, también en esto soy bastante del montón. Simplemente prefiero el calor y no me parece romántico que se me congelen las puntas de los dedos. Tampoco me reconforta estar «cayéndome de bruces» constantemente, ni siquiera con patines de hielo en los pies.
Pero hay algo que me encanta del invierno: ¡los platos de carne y aves con salsa y bolas de patata! Pato con col picuda y zanahorias... Paletilla de cordero con romero y garbanzos... Asado de cerdo con cebollas glaseadas y hortalizas de raíz... Ñam. Y siempre acompañados de bolas de patata y una salsa sustanciosa y deliciosa... ¡Oh, por favor, por favor, por favor, sí!
Qué vino va con el gallo
Sin embargo, parece que, de ahora en adelante, el coq au vin ya no llegará tan a menudo a nuestra mesa invernal. No es que no me guste esta hermosura regordeta al vino tinto; al contrario, amigo mío, pero he tenido que aprender por las malas que, al parecer, es un plato muy controvertido.
Ya ni siquiera recuerdo cómo a la mejor esposa del mundo y a mí se nos ocurrió preparar el gallo francés. O cómo pudimos pensar, en nuestra ignorancia, que sería una buena idea. Somos unos soñadores ingenuos. Quizá todo habría salido bien si no hubiéramos cometido el error de comprar el pollo de engorde necesario en una pollería de moda.
A mí, personalmente, ya me dejó sin aliento echar un vistazo a los imaginativos precios del especialista en aves, y también mi mujer empezó a perder la compostura durante la discusión sobre el vino necesario. Resulta que mi señora se atrevió a exponer con aplomo la teoría, al parecer peregrina, de que los platos preparados con vino no exigen que se sirva ese mismo vino para acompañarlos. No hacía falta echar un vino caro en la salsa, decía mi espléndida y práctica esposa.
Manchas en la cara
Bastaría con uno sencillo, de sabores parecidos a los del vino que se fuera a servir para beber. Debo confesar que la expresión de asco que el mercader de pulardas vestido de blanco le dedicó a mi señora me produjo cierta satisfacción durante unos segundos. Normalmente, esas reacciones me estaban reservadas a mí, y casi resultaba agradable ocupar, en este caso, tan solo la segunda fila entre los niños desaseados. Pero, naturalmente, con ella la cosa es completamente distinta: al fin y al cabo, tampoco hay que preocuparse por Wonder Woman. La señora Powell escuchó primero educadamente mientras el vendedor, con manchas rojas de agitación en el rostro, le explicaba que el coq au vin era un plato francés, ¡y concretamente de Borgoña!

Por consiguiente, para aquel plato y su gran calidad solo cabía contemplar un borgoña, concretamente tinto y concretamente de Borgoña. Mi mujer ni siquiera arqueó una ceja cuando el hombre añadió que, por supuesto, no hacía falta incurrir en gastos desmesurados, pero que como mínimo debía ser un Domaine Faiveley Beaune 1er Cru 'Clos de l'Ecu' de 2009. O algo parecido. Cuando finalmente mencionó que el vino en cuestión no costaba ni 50 euros la botella, mi buena esposa soltó una carcajada seca y, por lo visto, ya había tenido bastante del señor Pollo. Mientras pagaba el pollo sonriendo, preguntó con inocencia.
Pinot noir del Palatinado
«¿No lo tiene en tetrabrik?» Ni siquiera yo habría sido tan tonto como para caer en una provocación tan tópica. El señor Pollito le hizo el favor y estalló en gritos, nos gritó que saliéramos de su tienda y llegó incluso a intentar arrebatarme el ave que habíamos comprado. Eso sí, hay que reconocer que no lo hizo hasta que mi mujer le preguntó a una clienta que estaba a su lado si habría un Jaques Weindepot por allí cerca.
Al final, disfrutamos de un spätburgunder de Thomas Hensel con el gallo. A la salsa le tocó probar una botella de Aufwind; los demás nos deleitamos con la edición Höhenflug.
Por cierto, mi mujer está haciendo planes para preparar pollo a la alsaciana y quiere a toda costa pedir consejo a su experto pollero de confianza. Huele a riesling y a guerra.
Die Weinpost


