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Rebe & Traube

Historia del vino

Un profano a la exploración del vino

Puede que esto suene increíble, pero al parecer todavía hay esperanza para mí. No de que llegue a convertirme en un verdadero entendido en vinos —ni siquiera yo sería tan optimista—, sino de dejar de sentirme tan mal por no serlo.

3 min de lectura

Una selección de vinos

por William Powell

Y lo bonito es que mi esperanza se basa en el hecho de que soy vago y tonto... o, mejor dicho, en que soy más vago y más tonto que el reconocido experto en
vinos, y además lo admito.

Mi nueva teoría se basa en dos experimentos (uno nuevo y otro antiguo) que, en el fondo, no tienen nada que ver con el vino en sí, sino con las personas y sus vanidades.

Seguro que los entendidos del mundillo ya oyeron hablar de ellos hace años y, a diferencia de mí, no se dejaron impresionar. Esa será otra de las razones por las que ya no llegaré a ser un experto de verdad... me falta el descaro profesional. De haber sido enólogo, después de conocer estos resultados probablemente me habría escabullido, avergonzado, hasta la oficina de empleo para solicitar una reconversión profesional. A ayudante de marketing o peluquero. Aunque no he oído hablar de ningún caso en el que eso haya ocurrido de verdad... pero tampoco me entero de todo.
 

Burdeos y sus experimentos

El primer experimento tuvo lugar en 1998 en la Universidad de Burdeos. Se consultó a varias decenas de estudiantes y profesores del departamento de enología. Para ello, se sirvió a cada participante una copa de vino tinto y otra de vino blanco, y estos anotaron los resultados en unos formularios. El tinto recibió calificativos como oscuro, profundo y amaderado. Al blanco se le atribuyeron, como era de esperar, características como afrutado, seco o floral. Una semana después se repitió el experimento y arrojó, cómo no, resultados casi idénticos. Lo que los participantes no sabían era que los responsables de la prueba habían cambiado el vino tinto; mejor dicho, lo habían falsificado. Se trataba exactamente del mismo vino que había en las copas de blanco, solo que teñido de rojo. Y los profesionales no se dieron cuenta. Ni lo más mínimo. Qué gracia.

La explicación de los científicos

Los científicos han aportado nada menos que dos explicaciones: una física y otra psicológica. Desde el punto de vista puramente físico, el cerebro procesa la información visual a una velocidad 10 veces superior a aquella con la que podemos evaluar las percepciones olfativas o gustativas. Así pues, los cerebros de los participantes habían recibido la señal «rojo» mucho antes que cualquier otra. 

Y aquí entra en juego el elemento psicológico, porque, como los participantes eran expertos en vino, su cerebro les proporcionó, antes incluso de probarlo, toda la información que se asocia al tinto: contenido en taninos, notas de frutos del bosque, más suave que el blanco, etcétera, etcétera... Una persona completamente ajena al tema y sin conocimientos previos quizá habría reconocido que se trataba del mismo vino. Los enólogos, en cambio, estaban enredados en el traje nuevo del emperador.

La magia de los nombres

El segundo experimento lo llevaron a cabo psicólogos del marketing y no se limitaba al vino. Descubrieron que los productos con nombres largos y complicados inspiran un mayor grado de confianza en el consumidor. No es que esos productos se compren más, pero, una vez en la cesta de la compra, la gente está convencida de haberse hecho con algo realmente bueno. En el caso del vino, este principio se aplica por partida doble, porque, al parecer, a la inmensa mayoría de la humanidad le ocurre exactamente lo mismo que a mí: tiene la abrumadora sensación de no tener ni idea de qué es bueno y qué le gusta. O tiene una tendencia tan autodestructiva como la mía y está convencida de poseer las papilas gustativas más atrofiadas al oeste de los Urales. Entonces, el hecho de que algo te guste es más bien una señal de la absoluta mediocridad de esa agua de fregar que te has convencido de llamar vino. Mi ventaja frente a esos trucos con los nombres es que soy demasiado vago para leer nombres largos y complicados. Si ya de entrada veo que un vino ofrece más de cinco o seis sílabas en la etiqueta, algo dentro de mí se desconecta. Sobre todo si está escrito en francés. ¿Quién lee algo así? ¡Yo no!

Sueños de entender de vinos

Sí, por supuesto que sé (en mis buenos momentos) que ni el vino ni los expertos tienen la culpa de estos complejos de inferioridad, aunque uno no consiga quitarse de encima la sensación de que esos cabrones tienen que exhibir su supuesta superioridad elitista a la menor ocasión. Pero los locos de los coches, los fanáticos de la informática y los críticos culturales también lo hacen, y en esos casos me importa un comino. Sí, sí, estas cosas se las fabrica uno mismo, y estos resultados tampoco van a cambiar gran cosa ese sufrimiento. Pero le dan al niño vengativo que llevo dentro una agradable sensación de satisfacción. Sobre todo al pensar que, en aquella ocasión, quizá habría tenido el valor suficiente para gritar: «¡Pero si el emperador está completamente desnudo!». Soñar todavía estará permitido, digo yo.

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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