Historia del vino
Un profano a la exploración del vino
Cuanto más aprendo sobre el vino, más me fascinan las muchas posibilidades que ofrece este mundo… sobre todo las posibilidades de equivocarse en tantas cosas.
3 min de lectura

por William Powell
Así, por ejemplo, si hemos de creer a los expertos y a las publicaciones especializadas, existe algo llamado viajes enológicos.
El profano y el viaje
Aunque aquí me descubra como un profano casi rayano en el diletantismo, tengo que admitirlo: suena bien. Sin embargo, enseguida me enteré de que eso no significa simplemente ir a algún sitio y alegrarse de que allí haya vino.
Esa habría sido mi definición, y habría significado que todos mis viajes hasta la fecha habían sido viajes enológicos. Pero, por lo visto, no lo fueron.
Y eso que beber vino durante las vacaciones ya es toda una experiencia en sí misma. Y engañosa. El vecino de mi padre cayó una vez en esa trampa de una forma especialmente bonita, después de comprarse un tinto muy barato en un supermercado de la Toscana y bebérselo sentado en una colina. En una templada noche de verano. Con una chica estupenda. ¡En plena Toscana!
Claro que allí sabe de maravilla: probablemente hasta el Domestos con azúcar habría sabido de maravilla.
De vuelta en Alemania, el pobre hombre movió cielo y tierra para reproducir aquella experiencia.
Así se reproduce una experiencia
Invitar a la chica y esperar que hiciera una noche templada era una cosa (y, pese a algunas dificultades, la parte más fácil); conseguir aquel vino, otra muy distinta. Como internet no ofrecía ninguna posibilidad de hacer aparecer el producto deseado como por arte de magia, presionó tanto a su proveedor de bebidas de confianza que este acabó preguntando a unos importadores de vino amigos suyos y, tras cierto tiempo, varias visitas del cliente pesado y muchas llamadas telefónicas, consiguió localizar el vino e hizo enviar seis botellas por transporte urgente a la zona fronteriza entre Baviera y Hesse. Pero, claro, en lugar de 2,49 euros, como en Italia, aquel brebaje costaba de pronto 11 euros la botella.
Aun así, al vecino de mi padre no le importó demasiado, pues estaba tan cerca de satisfacer un pequeño arrebato de añoranza que todo aquello le parecía casi impagable.
Dinero bien invertido
Al menos durante un tiempo… para ser más exactos, hasta el primer sorbo, cuando se dio cuenta de que incluso 2,49 euros ya habían sido demasiado por aquel mejunje y de que los momentos perfectos no están hechos para la eternidad, sino que extraen su magia de lo efímero.
Por desgracia, no logré consolarlo diciéndole que 66 euros por aquella revelación tan filosófica eran dinero bien invertido. Pero quizá también influyera que la chica no volvió a dar señales de vida después de aquella velada.

Más vale ser sincero que acabar con dolor de cabeza
Quizá debería haberle contado mi peculiar experiencia vinícola durante unas vacaciones, pero no sé cuánta gracia le habría hecho la historia. Al fin y al cabo, a Giorgos, el dueño de la taberna griega, tampoco le hizo ninguna gracia, aunque yo le atribuyo parte de la culpa de todo aquel incidente.
Después de todo, era mi primera vez en Grecia y le había dicho que no entendía mucho de vino.
Por desgracia, Giorgos no entendía mucho inglés y mi griego sigue limitándose a Kali Nichta y Kali Mera. Cuando por fin se enteró de que nunca había bebido retsina, insistió en invitarme a una copa.
Vino viejo, ¿y ahora qué?
Pero en cuanto sentí el primer sorbo en la lengua, estuve convencido al cien por cien de que me había servido vino estropeado, por error, espero. Pero ¿a quién se le ocurre añadir resina al vino, por favor?
¡A mí no!
Naturalmente, de pronto me entró el pánico y pensé que aquel brebaje mohoso podía estropearme el estómago. Así que me giré bruscamente hacia el seto que había junto a nuestra mesa y lo escupí trazando un arco alto, aunque no precisamente atractivo desde el punto de vista estético.
Abominable, repugnante
¡Puaj, qué asco! Para mi sorpresa, Giorgos se puso hecho una furia, se levantó de un salto y empezó a agitar los brazos como un loco mientras gritaba en griego.
No podría jurarlo, pero creo que estuvo a punto de soltarme una bofetada.
Alarmados por el escándalo del tabernero, varios clientes acabaron acudiendo en nuestra ayuda; dominaban mejor tanto el inglés como el griego y además sabían dónde estaba «el problema» del retsina.
Después de que lograran calmar a Giorgos lo suficiente como para que no quisiera echarme allí mismo, aceptó que merecía una segunda oportunidad. Y tengo que decir que me desenvolví de maravilla: es decir, la segunda vez conseguí no escupir aquel brebaje, sino —y aquí viene lo emocionante— tragármelo. Increíble, ¿verdad?
Desde entonces han pasado unos cuantos años y tengo que admitir que hay retsinas que bebo con gusto, muy fríos, eso sí, pero con gusto al fin y al cabo.

Die Weinpost


