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Rebe & Traube

Historia del vino

Un profano a la exploración del vino 5

Seguro que alguno que otro se habrá dado cuenta, pero en las últimas semanas me ocupo mucho más del tema del vino que en los años anteriores. Y cuanto más lo pienso, más claro me queda por qué antes el vino me intimidaba tanto.

2 min de lectura

Uvas tintas

por William Powell

Sí, sí: la palabra está bien elegida, porque durante mucho tiempo el vino fue para mí cosa de personas con esa especie de arrogancia natural que tiene mucho que ver con un «Sino tegustatejodes» generalizado y que yo —¿casualidad?— asocio mucho con los franceses.

La culpa es de los franceses

La culpa probablemente la tenga la primera francesa que conocí. Sandrine tenía 14 años, venía de St. Denis y estaba pasando tres semanas de intercambio en casa de mi novia de entonces. Ya al decirle «Hola, je suis»… me dio calabazas con tanta crueldad que durante tres días me dio por una introspección llorona y, aun después, en presencia de Sandrine me sentía como un tontito con orejas de peluche. Y eso a los 15 años. Se supone que esa es la edad en la que uno sale por ahí, mata dragones sin pensárselo y, en cualquier caso, lo sabe todo mejor que los demás. Pero eso solo funciona si uno no se entrega precisamente a la introspección, porque ¿quién quiere saber de verdad qué ocurre en el cerebro y el alma de un adolescente? ¡Yo no! Tampoco quería saberlo entonces. ¡Puaj!

Agallas y nada más

Bueno, en cualquier caso, parece que después de aquello me faltaron durante un tiempo las agallas para rodearme de cosas que pudieran intimidarme, al menos a primera vista. Como las chicas, por ejemplo… o la poesía… o los nombres de los vinos franceses. Las cervezas de nuestra zona se llamaban Heylands, Schwanen o Eder. No había nada de cuento y la única floritura que rodeaba a esos productos era la Märzen que Heylands sacaba cada primavera. Por lo demás, se podía elegir entre Export y Pils, y esta última costaba 25 peniques más por botella, lo que facilitaba mucho la elección. Hablando de botellas: salvo por la etiqueta, eran absolutamente idénticas. Marrones, de altura media y muy resistentes. Botellas de cerveza, vamos.

Un excelente vino tinto

Y entonces vas con los padres de una novia (sí, ya lo sé, había dicho que iba a dejarlo) a un restaurante, te dan una carta de vinos y lees cosas como Château de Lagorce Rouge, Domaine de Rabasse "Cuvée Prestige" Côtes du Rhône o (casi lo peor de todo) Seigneur Jean de Roze. ¿Cómo dices… mocos? Eso no puedes decirlo… en realidad, no puedes decir nada de todo eso. ¿Y qué dije yo en su lugar? «Eeeeh… ¿No tendrán una cerveza por casualidad?»

Por supuesto que no tenían. Además, la pregunta me valió una mirada con los ojos en blanco de la chica que tenía enfrente (por no hablar de sus padres). «¿Qué le suele gustar?», intentó el camarero salvar la situación. «¡Pues la cerveza!», refunfuñó mi exnovia.

Gata roja

Lo que acabaron sirviéndome fue algo así como Félines rouge (debía de tener algo que ver con una gata roja) y, por supuesto, pese al máximo desconcierto de todos mis sentidos, estaba bastante delicioso. La cerveza probablemente no lo habría estado, ni siquiera la francesa… sobre todo porque ni siquiera sabría pedirla, pues a día de hoy sigo sin saber cómo se pide correctamente un Demi Pression de esos.

Viaje enológico a Francia - Champagne

Con el vino he hecho progresos. Ahora Chardonnay me sale de la boca con tanta facilidad como Bordeaux o Château Desmirail Troisième Cru Classé… bueno, lo último era mentira.

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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