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Rebe & Traube

Historia del vino

Un profano a la exploración del vino 9

Quien vive en el campo no debería ir a la ciudad demasiado a menudo. Y con «campo» no me refiero, en este caso, a las afueras, que en vez de estar a tres paradas del centro están a siete.

2 min de lectura

Un pequeño pueblo

por William Powell

No, me refiero a lugares como aquel al que mi mujer me arrastró hace unos años: al culo del mundo a la izquierda y luego otros veinte buenos minutos por entre los ruidos. Cuando vives aquí, te llaman la atención escenas urbanas por las que un ciudadano corriente no se molestaría ni en pestañear. Hoy casi tropecé con algo que, visto retrospectivamente, resultó ser una parka rellena de estudiante, cuyo contenido estaba intentando pintar consignas con espray en un contenedor de vidrio.

Demasiada cerveza

¡De rodillas! Con un tiempo invernal asqueroso. Cabría pensar que una persona tan joven y comprometida tendría algo que decir en tiempos convulsos, pero «Lea, zorra» no me pareció precisamente indicio de una vocación evangelizadora de carácter político o religioso. Cuando le pregunté por qué se dedicaba a aquella actividad de ocio tan cuestionable, y encima en una postura tan poco saludable, recibí la respuesta definitiva (y también notablemente reflexiva): «He bebío dema siada cerveza». Ahí se ve lo que puede provocar ese brebaje del demonio. Mientras le daba vueltas, me acordé de Evelyn, con quien compartí piso durante una temporada. Siempre que bebía whisky, llamaba a su exnovio y le lloraba hasta aburrirlo.

Sin ropa alrededor de la fuente del pueblo

Mejor dicho, lo intentaba, pero el susodicho ex estaba ya bastante felizmente casado (quizá no siempre en esos precisos momentos en los que sonaba el teléfono) y la afición de Evelyn por la bebida nacional de Escocia solía manifestarse hacia las cuatro de la madrugada. Ambos factores acortaban enormemente las conversaciones. Al menos las que mantenía con su exnovio. Casi inevitablemente, mis pensamientos siguieron su curso hasta mi antiguo vecino Edmund, al que sacaron tres veces desnudo de la fuente del pueblo después de que hubiera bebido demasiados «Hütchen» en la fiesta de los tiradores.

¡¡Tres veces!! Y eso que estos son de los destilados más inofensivos; del tequila ni quiero empezar a hablar. ¡Su olor por sí solo genera teorías conspirativas! Pero el vino, eso es otra historia. Lo admito: también con vino puede el bebedor experimentado alcanzar un estado que desemboque en momentos surrealistas o bochornosos (a veces surrealistamente bochornosos), pero tengo la sensación de que esas escapadas conservan algo creativo, casi creador. Pensemos en los jardines franceses.

Los guisantes contados

Probablemente estaría entre los primeros en decir que apenas hay nada más superfluo, ostentoso y extravagante (dependería de si mi suegra está escuchando; si es así, quizá estaría más bien entre los segundos). Asentiría si alguien afirmara que esta forma de paisajismo probablemente fue ideada por un genio de las matemáticas enamorado y ligeramente autista en pleno estado de embriaguez. Pero tiene su encanto. Igual que el ceremonial de la corte española. Hasta al más temeroso, mezquino y anal de los quisquillosos obsesivos le provoca estreñimiento y retenciones. Pero tiene su encanto. Igual que las obras de MC Escher o Peter Greenaway.

Quién necesita un Chateauneuf

Estoy firmemente convencido de que cualquiera que afirme entender las películas de Greenaway o miente o está siguiendo una ligera dieta de estramonio, o ambas cosas. Incluido el propio Greenaway. Pero estoy igual de convencido de que Greenaway es bebedor de vino. Apasionado. De los que pueden enfadarse si el vino no está a la temperatura adecuada para desplegar el bouquet correcto. De los que son capaces de renunciar a todo un fin de semana por un Chateauneuf du Pape, para disfrutar de ese vinito a solas y con una sonrisa de beatitud. ¡A Nicolas Cage, por cierto, solo lo veo beber cerveza!

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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