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Rebe & Traube

Historia del vino

Un profano en busca de vino 11

¡Con la mano en el corazón! ¿Hay que comer algo con el vino? ¡No! Ahora no se trata de si nos parece aceptable tomar vino tinto con pescado o carne blanca, sino de si, en general, se sirve algo con el vino y, en tal caso, qué.

3 min de lectura

¿Qué aperitivos acompañan al vino?

por William Powell

Por supuesto, hay numerosas ocasiones en las que ni se te pasa por la cabeza servir algo para picar con el vino tinto, sobre todo si estás sentado a las dos de la madrugada en el jardín de un amigo, a oscuras, y este acaba de sacar el corcho con un atornillador eléctrico y unos alicates. Y que, además, considera las copas un adorno superfluo. Una tablita de quesos resultaría un tanto sorprendente en esas circunstancias.

Queso de postre

Pero, en realidad, de eso se trata, porque, para ser sincero, una tablita de quesos siempre me resulta sorprendente. ¿Por qué tendría que zamparme bocaditos de gruyer o de gouda semicurado con un riesling semiseco? Por no hablar de que después mis dedos quedan en un estado olfativo más bien poco agradable. Y que nadie me venga diciendo que podría usar el minitenedor que ponen para pincharlos. Perdonad, pero, como muy tarde, a la tercera vez que eche mano al queso, ya lo habré dejado de lado.

Vino y queso

¿O frutos secos y uvas? ¿Por qué se hace eso? Hace unos días me invitaron a probar un nuevo «tesorito» de un vecino: un chenin blanc sudafricano realmente delicioso. Y entonces nos pusieron delante a cada uno un cuenquito con uvas de supermercado y una mezcla de frutos secos y pasas llena de pelusilla. Así no se hacen las cosas. Por cierto, tampoco entiendo que algunas «mujeres sibaritas» se empeñen en endilgarles a sus invitados chocolate negro con el vino tinto. La sola idea me parece espantosa.

La alergia a los frutos secos vuelve abstinentes a los monjes

Y, encima, siempre soy tan cobarde que me como esas cosas. Y eso que no soporto los frutos secos, aunque también podría deberse a que soy alérgico. Mi mujer siempre se ha preguntado de dónde viene realmente ese rechazo visceral, sobre todo porque, por lo demás, no puedo mantener las manos alejadas del picoteo y probablemente ni un monje benévolamente ciego me concedería el calificativo de «abstinente». Pero los aperitivos con el vino despiertan al espíritu de contradicción que llevo dentro con tal rapidez y tan directamente que resulta extraño. Incluso en mi caso. Pero precisamente para eso están las hermanas mayores. Funcionan un poco como una memoria emocional externalizada.

Todo lo que mi hermana mayor no sabe de mi vida pasada es o bien irrelevante y tan vergonzoso que ni siquiera hablaría de ello conmigo mismo. Y dicha hermana no necesitó ni dos minutos para recordarme a los Raab de enfrente. Los Raab, que nos invitaban regularmente a mi madre, a mis hermanos y a mí a unas fiestas de verano tan atrozmente aburridas que hasta nuestro perro necesitaba cuatro semanas para recuperarse de aquel Armagedón del tedio rural.

Barajas de cartas con chistes

Los Raab, que servían pequeños aperitivos con TODO y consideraban que un chianti de una botella de litro y medio revestida de rafia, acompañado de un erizo de queso y pretzels salados, era el no va más de los placeres culinarios estivales. Los Raab, que tenían una diana de dardos en el «sótano de fiestas» y seguían poniendo Lady Bumb a finales de los ochenta. Los Raab, que dejaban por ahí tarjetitas con chistes por si se agotaban los temas de conversación. Los Raab, que me provocaban pesadillas con galletitas saladas en forma de pez. ¿Pero qué se han creído los Raab? Ahora, naturalmente, cabe preguntarse si soy capaz de superar este trauma adolescente y dejar de echar espuma por la boca cuando alguien quiere ofrecerme «algo para acompañar el vino». Sobre todo porque la espuma también estorba al comer.

Además, las bruschettas que mi señora sirvió hace poco con un merlot de Hesse estaban fantásticas, aunque nunca lo admitiré. De momento, creo que seguiré disfrutando de las patatas fritas y los gusanitos con cerveza y, mientras escribo esto, me estoy tomando un delicioso riesling seco del Dürkheimer Hochbenn, solo y sin aperitivos.

Die Weinpost

Buen vino. Buenas historias.

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